Encuentran arsenal de hace 2 siglos bajo el agua de cenote en Valladolid

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Valladolid, 14 de mayo de 2026.- En algún momento entre 1847 y 1848, mientras la península de Yucatán ardía en uno de los conflictos más cruentos de la historia mexicana con la llamada Guerra de Castas, soldados del ejército gubernamental de esa época, tomaron una decisión desesperada: arrojaron sus armas al agua para que las fuerzas rebeldes mayas no pudieran usarlas.

Durante casi dos siglos, nadie supo exactamente lo que había en el fondo. Hasta ahora.

El cenote Síis Já —cuyo nombre en maya significa literalmente “pozo de agua fría”— no está en medio de la selva ni en un paraje remoto. Se encuentra directamente bajo el Ex Convento de San Bernardino de Siena, en Sisal, Valladolid, uno de los recintos coloniales más antiguos de la península de Yucatán. Esa superposición de tiempos es la forma en que la historia se acumula en esta región, capa sobre capa, sin que las anteriores desaparezcan del todo.

En febrero de 2026, un equipo de la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del INAH descendió al cenote para evaluar el estado de los vestigios, tras denuncias sobre intervenciones no autorizadas que amenazaban la integridad del sitio. Lo que encontraron confirmó tanto la riqueza del lugar como la urgencia de protegerlo.

El inventario de lo que guarda Síis Já es, por sí solo, extraordinario. Hasta la fecha se han registrado 153 armas de fuego —fusiles y mosquetes de origen español e inglés— además de un cañón de hierro montado sobre su carro de madera original, una pieza de conservación excepcional dado que los elementos orgánicos raramente sobreviven siglos de inmersión.

Junto a ellos, una colección heterogénea de objetos que abarca desde incensarios y vasijas de cerámica prehispánica hasta mayólica, Talavera y porcelanas de distintas épocas, con una temporalidad que va desde tiempos anteriores a la Conquista hasta el siglo XX.

Todo permanece in situ. Nada ha sido removido. El cenote funciona como una cámara de conservación natural donde el contexto original —la disposición espacial de los objetos, su relación entre sí, su posición en el sedimento— sigue intacto y sigue hablando.

Durante la intervención de febrero, el arqueólogo subacuático Gustavo García García realizó el primer registro fotogramétrico del sitio, capturando imágenes detalladas de un fusil, del cañón y de concentraciones de materiales diversos.

Las fotografías serán procesadas con software especializado para generar modelos tridimensionales a escala que permitirán analizar las piezas sin tocarlas, comparar el sitio con otros contextos bélicos documentados y reconstruir, con mayor precisión, los eventos que convirtieron este cenote en un depósito de guerra.

Para entender por qué Síis Já importa, hay que entender brevemente qué fue la Guerra de Castas (1847-1901): el levantamiento armado más prolongado y devastador de la historia del México independiente, protagonizado por las poblaciones mayas de Yucatán contra el poder político y económico de las élites criollas.

En sus primeros años, el conflicto fue tan violento y el avance rebelde tan veloz que el ejército gubernamental llegó a perder el control de buena parte del territorio peninsular.

Es en ese contexto de repliegue y derrota donde cobra sentido el gesto de arrojar las armas al cenote. No fue un acto de rendición: fue una decisión táctica para negar recursos al enemigo. Y ese gesto, registrado en el fondo del agua durante casi dos siglos, convierte a Síis Já en algo más que un sitio arqueológico. Es un testimonio material de una guerra que transformó para siempre la demografía, la política y la identidad de la península.

El cuadro que encontraron los arqueólogos en febrero no fue solo de riqueza patrimonial: también fue de deterioro activo. La prospección detectó infraestructura ilegal colapsada —escaleras y puentes no autorizados— que ha impactado directamente los vestigios y cuyo daño real sobre las áreas bajo sedimento aún no puede cuantificarse.

Se identificaron además líneas de vida ajenas a los proyectos oficiales, evidencia inequívoca de buzos no autorizados que han ingresado al cenote en fechas recientes.

El impacto no se limita a los objetos. La contaminación del acuífero ha afectado también al ecosistema del cenote: los bagres —conocidos en maya como ahlu— que habitualmente pueblan estas aguas han desaparecido por completo. Cuando la fauna se va, algo fundamental en el equilibrio del sistema se ha roto.

Ante este escenario, el INAH y la Fundación Convento Sisal Valladolid AC. lanzaron un llamado urgente a la comunidad para proteger el sitio y retomar el proyecto de investigación formal bajo la dirección del arqueólogo Sergio Grosjean.

El plan incluye una fase de saneamiento para retirar materiales modernos, seguida de un nuevo levantamiento sistemático que permita estudiar y conservar las piezas con el rigor que merecen. Paralelamente, los materiales recuperados en 2003 —ya restaurados por el Centro INAH Yucatán— serán devueltos al Ex Convento para exhibirse en su museo de sitio, el segundo más antiguo de la península.

Un cenote que guardó armas de guerra durante casi doscientos años. Una ciudad que apenas comienza a recordar lo que tiene debajo de los pies.

Fuente: INAH

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